En los días líquenes que aparecen por octubre
me paro a pensar en tus rodillas,
en aquellos promontorios anisados que tantas veces
se plegaron e inclinaron con recato.
Pienso así, en las tardes sin golondrinas,
en las muecas de tu cara
obediente y casi niña,
en la niña que eras en la tarde liquen.
Asumías tus errores desde entonces:
sangre y pluma,
lágrimas por deslices de aquel tiempo de hojas
putrefactas
de musgo adosado a la piedra-escuela
Y escribías palabras sin papel
en orificios clavados en las sienes
redimiendo penas
redimiendo los deslices
en las tardes líquenes de octubre
en las ramas del pupitre, en el sol
jugando al escondite, en el tintero
una palabra se desliza
y la tinta se vuelve margarita
flotan sus hojas en el mar azul que se eterniza
en el pozo blanco
y resbalan las palabras una a una
en cadenas o cirios
en filas de hormiguero o en candil que no se apaga
las palabras al dictado
pobres letras directas a tus venas castigadas
en las tardes líquenes de octubre
y se agota el papel
pero escribes en el techo-barcarola
en el rincón
por donde pasa, a cada hora,
un ave peregrina que ha perdido el rumbo establecido.








